MARILYN MONROE Y LA MODA

por Clara Guzmán

El sábado 4 de agosto de 1962 Marilyn Monroe fue hallada muerta en el dormitorio de su casa de Brentwood (California). Su ama de llaves Eunice Murray fue la que dio la voz de alarma. La llevaron al hospital más cercano y nada se pudo hacer por salvar su vida. Tenía treinta y seis años y las causas de su fallecimiento todavía se especulan, aunque no sólo sus más recalcitrantes admiradores creen saber a pie juntillas qué sucedió esa fatídica noche.

Norma Jeane Mortenson, conocida con el nombre artístico de Marilyn Monroe, dejaba atrás una corta pero intensa carrera cinematográfica que la convirtió en un mito erótico del siglo XX y en una auténtica “influencer” para sus seguidores. Era ella y sus tendencias, nada de amoldarse a las establecidas. Su objetivo era resaltar todos sus atributos. A saber: sus curvas, sus torneadas piernas, su prominente busto, que resaltaba con escotes en forma de uve o de u, a los que añadía una insinuante inclinación hacia delante. Se tenía más que estudiada.

Es bien cierto que Marilyn era la máxima representante del “glamour”, un término americano que surge en los años dorados de Hollywood, ligado a las estrellas de la gran pantalla. El “glamour” o “glamur” hace referencia no sólo a las curvas ni a los generosos pechos de las actrices del momento, sino a la voluptuosidad, al brillo y a la exuberancia que irradiaban. Un término en las antípodas del francés “chic” que comienza su andadura con la elegancia, la clase, la distinción y el estilo de la menuda Audrey Hepburn.

Marilyn fue, como casi todo el mundo, una consecuencia de las circunstancias. Ya saben aquello que dijo Ortega y refrendó Gasset: “yo soy yo y mis circunstancias”. Cuando debutó en el cine, su vestuario era el propio de una chica de extracción humilde. Pero según cuenta Elizabeth Winder en su libro “Marilyn in Manhattan: Her Year of Joy”, fue el fotógrafo Milton Greene y su mujer Amy los que se convertirían en sus improvisados estilistas. Estamos en la Navidad de 1954 y la actriz (sobre estas líneas) posa divertida para Joshua, el hijo del matrimonio.

La llevaron de compras a Manhattan, le hicieron arrinconar sus zapatos de empeine demasiado amplio y elegir firmas italianas; adquirió varios jerséis de cachemir y le pidieron que alargara la medida de sus faldas y procurara no embutir su figura con prendas menos ceñidas, para evitar ser tan sensual para unos, y tan vulgar para otros. No obstante, Marilyn era una rebelde que tenía por causa reafirmar su personalidad a través de un cuerpo voluptuoso. Sabía que el cine la había convertido en un referente de moda. Pero ella quería hacer su propia moda.

Una vez consagrada en el Olimpo de Hollywood, se negó a llevar vestidos que no fueran ajustados, que le impidieran ser ella, Marilyn. Sólo en dos ocasiones rindió su fortaleza y llevó falda ancha y holgada: Cuando enseñaba la pierna a Cary Grant en “Me siento rejuvenecer”, de 1952, y en la famosa escena de la boca de aire del metro neoyorkino en “La tentación vive arriba”. William Travilla era el autor del vestido blanco de cuello “halter” de esta película y su modista de cabecera en el celuloide. Lo pasó fatal, el pobre. Quería introducirla en el “New Look” que Dior había lanzado en 1947, pero Marilyn era incorregible…

Entradas relacionadas

Deja un comentario

19 + 7 =