Evocación de Chanel

19 de agosto de 2013

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La diseñadora cenando en su apartamento. Foto tomada de Internet

De Coco Chanel se ha escrito, se ha dicho y se ha novelado mucho. Fue una mujer singular que quiso que las demás también lo fueran. No soy mitómana, de hecho nunca fui detrás de nadie pidiendo autógrafos, ni cuando era una zangolotina, pero Chanel es punto y aparte. Si ya costaba (y cuesta) que una mujer despuntara en terreno abonado para poder alzarse con su triunfo, ¿qué se podía esperar de una fémina de extracción humilde en los albores del siglo XX? Admiro a la gente que lucha, que se abre paso sin necesidad de codazos y  va sembrando futuro (gracias, Benedetti). El 19 de agosto de 1883 nacía en Saumur, en la región francesa de la Auvernia, una mujer que creó un estilo sin fecha de caducidad.

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Coco Chanel y Suzy Parker. Foto: Richard Avedon

Cuántas mujeres han pasado  por la historia con mayúscula y por la otra, la cotidiana, sin pena ni gloria, pero dejando estela. La mayoría de las veces a la sombra de un marido importante gracias, en ocasiones, a la discreción de ellas. La mujer sigue siendo la señora de o, todavía peor, la ex de. Lo acabamos de ver recientemente en el caso de Rosalía Mera, con una  vigorosa personalidad, pero más atenta a su recoleto mundo doméstico (sin connotaciones peyorativas) que a los focos. Coco Chanel reconoció sin ambages que consiguió despegar gracias al apoyo financiero de los hombres. Despegar, sí, pero volar, voló con sus propias alas.

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Su vida fue un vaivén entre la leyenda blanca y la negra. Foto tomada de Internet

Enigmática y dejándose  «querer» por el morboso balanceo de sus leyendas: la blanca, que la elevaba a los altares, y la negra que la menospreciaba y la tildaba de explotadora laboral, de espía, e incluso de lesbiana, Coco Chanel sabía que era el perejil de todas las salsas. Pero en su haber tenía todo lo que subyuga y a la vez provoca desaforadas envidias: Su ajetreada vida sentimental, con el desgarro de haber perdido a su gran amor, Boy  Chapel; sus logros sociales, sus amistades, desde Picasso, a Jean Cocteau, pasando por Churchill o Dalí, y sus modas y modismos que aún perduran: El pelo corto, el bronceado, el largo chanel, la bisutería de fantasía, el lujo de la simplicidad…

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Con Salvador Dalí. Foto tomada de Internet

Me gusta la frase de Honorato de Balzac que parece hecha a medida para Coco: «Quien no ve en la moda más que la moda es irremediablemente estúpido». Quien vea en Chanel la apoteosis de la frivolidad está muy equivocado. A su habilidad como creadora hay que sumar su inteligencia viva, sagaz, rápida. Su trayectoria está plagada de sentencias como cuando definía la elegancia: «No es lo contrario de la pobreza. Es lo contrario de la vulgaridad y de la negligencia. Si se es fea se puede pasar inadvertida, pero en cambio siempre resultará evidente la negligencia y el descuido».

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En uno de sus expresivos gestos. Foto tomada de Internet

Es curioso, pero Coco Chanel era una entusiasta de la astrología y como pertenecía al signo Leo, el león en el Zodiaco, estaba segura de que a él le debía su determinación y su fuerza. Su amiga la escritora Colette la comparaba con un toro; por su parte, Cocteau la asemejaba a un cisne y el escritor norteamericano, Truman Capote, que la conoció ya al borde la la muerte, la comparaba con un gorrioncillo. Esta era la que más le gustaba a Chanel, con la que más se identificaba cuando estaba próximo su final, el 10 de enero de 1971, a pocos meses de cumplir 88 bien llevados años.

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En el hotel Ritz, su último hogar. Foto tomada de Internet

La mujer que adaptó la ropa del armario masculino al femenino, que lucía un traje sastre estricto o un pantalón de mozo de cuadra, dejando con la boca abierta a sus congéneres, todavía «encorsetadas», quería ser imitada. Sí, no le temía a la copia; al contrario, la buscaba, la necesitaba. «Siempre he deseado que mi moda descienda hasta la calle. Cuanto más me copian, más contenta estoy. Venid a mi casa y recoged cuantas ideas os plazcan». Decía que el trabajo le daba vida, era lo que le mantenía en forma. Y trabajando, preparando su colección,  fue como se la llevó la muerte para hacerla más grande todavía.

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