Palabra de Balenciaga

31 de julio de 2015

Telademoda

Fotos: Museo Balenciaga. Guetaria

Sinceramente, Cristóbal Balenciaga era parco en palabras, pero cuando hablaba subía el pan. “El hombre invisible”, como lo apodaron algunos, se negó a comercializar con su persona y su talento: “No os desgastéis en sociedad”, solía decir. Los focos, y eso lo añado yo, queman, a veces con quemaduras de primer grado. Vasco, de Guetaria, donde nació en 1895, Cristóbal Balenciaga tuvo en su misterio su verdadera publicidad. Quizás influido por esa sentencia de Charles de Gaulle: “El misterio es la esencia del prestigio”. Y prestigio tuvo a espuertas. Tanto que  Balenciaga pasó a la posteridad y no sólo como modista de alta costura.

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Suele suceder que algunos genios, en este caso de la aguja y el dedal, tuvieron que luchar contra mil y una adversidades antes de que su talento viera la luz. Su padre, capitán en un barco de recreo, dicen que se echaba las manos a la cabeza cuando lo oía decir que quería “coser como las mujeres”. Su madre, siempre al quite, fue su mentora, aunque nunca se podía imaginar que su “niño” acabaría vistiendo a dos reinas, María Cristina y Victoria Eugenia y que en 1958 Francia le nombrara caballero de la Legión de Honor.

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“Un modista no puede crear el espíritu interno de una mujer. Puede ponerse una misma ropa a dos mujeres distintas. Una será vulgar mientras que la otra logrará una auténtica distinción”. Efectivamente, porque Balenciaga solía responder sin dudar, “sea natural”, a quien le preguntaba acerca de la elegancia. “Una mujer no necesita ser perfecta o bella para llevar mis vestidos, el vestido lo hará por ella”. Y qué vestidos y qué manera de conjugar colores que hubieran sido imposibles en otros autores, como el negro y el marrón.

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 No creía que las mujeres tuvieran que este variando constantemente de traje para ir bien vestidas. “Los hombres- afirmaba- llevan los mismos trajes casi siempre y ello no obsta para que sean elegantes”. A principios de los años cincuenta, lanza el primer traje sastre sin entallar, los vestidos de la línea globo, la blusa rústica, la marinera, la túnica, los vestidos de la línea saco; usa el tejido “tweed” en todas sus variantes y el encaje en camisolas o túnicas, como un anticipo exquisito de la moda “Adlib”. Además, como se ve en algunas imágenes, elimina el cuello y los puños para dar realce a las joyas, así como al expresivo movimiento de las manos.

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La silueta de Balenciaga creó escuela. Parece que dio con la panacea en un nuevo equilibrio entre el cuerpo y la ropa, en el que predomina la soltura sobre una base clásica. Combinaba con maestría elegancia y comodidad, en una perfecta armonía de proporciones. “El milagro Balenciaga”, como lo denominaba su amigo y discípulo, Hubert de Givenchy. Milagro que sus clientas alababan, porque permitía corregir imperfecciones en sus siluetas. Aunque Cristóbal Balenciaga también tuvo el sobrenombre de “El arquitecto de la costura”.

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“Un modista -dice Balenciaga en su máxima más redonda- debe ser arquitecto para los planos, escultor para las formas, pintor para el color, músico en la armonía y filósofo en el sentido de la medida”. Cuentan que un día el modista vasco le comentó al pintor catalán Joan Miró: “Tú tienes suerte, pues para realizar una obra maestra no necesitas a nadie. A mí, en cambio, me hacen falta quinientas personas…”. Aunque la frase que más me conmueve fue la que dicen que dijo poco antes de morir, el 24 de marzo de 1972: “Nunca he engañado a la vida, a mi vida”.

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